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Pamela comenzó a sentir el calor, la excitación, la sensación en el vientre de querer romperse, la sensación en su sexo de querer aplastarse contra la cara de Eva. Las piernas aflojadas, los pezones como encendidos con el fuego del deseo. Se corrió en silencio, pero no pudo, por más que quiso, reprimir sus movimientos y toda la furia reprimida por intentar ahogar sus gemidos se fue en apretar su sexo contra la cara de Eva, a la que obligaba a permanecer así porque ya no sólo depositaba su mano sobre su cabeza, sino que ahora le agarraba de un mechón de pelo y tiraba de su cabeza contra su sexo.
Eva recibió el orgasmo de Pamela con satisfacción y con alivio, pues como ya hemos dicho, ella era pasiva. Pero no pudo evitar cierta excitación por ver a su amiga disfrutar del orgasmo. Deseaba que Pamela cumpliera su parte de trato.
El viejo permanecía sentado en el sillón mirando sin pestañear, y sin abrir la boca hasta que les recordó a las chicas que aún había una parte del trato. Pero... ¿qué entendía el viejo por joder?. Pues eso, joder era que igual que los hombres poseían a las mujeres metiéndoles la pichita, ella le tendría que meter algo. Por ejemplo, el dedo.
Ahora le tocaba a Pamela. Eva se sentó sobre la cama y Pamela se puso de rodillas entre sus labios, La besó en la boca, para decirle que la quería, que no le haría daño, que la perdonara, que lo haría con cuidado.
Pamela puso sus manos sobre las piernas de Eva mientras le mordía el cuello, mientras le besaba la clavícula, mientras besaba su pecho por debajo de la axila, mientras recorría con su lengua las aureolas negras del pezón, mientras mamaba de su pecho como si fuera un bebé.
Las manos de Pamela comenzaron un recorrido de aproximación hacia el tesoro que se escondía al final de ellas, entre la espesa vegetación del vello fuerte de Eva.
Sintieron el calor del sexo de su amiga, la fortaleza de su vello, y al final, la suavidad y la humedad de la parte baja de su vientre, que aparecía rosa, como una fruta madura que enseña el interior de su fruto. Como un auténtico higo que se muestra rosado en su interior tras su exterior de color negro.
Pamela tanteó y le costó atreverse a introducir su dedo corazón, como una higa, levemente en el sexo de Eva. Pero el dedo aprendió pronto su camino, y una vez que entró, no podía estar sin visitarlo de nuevo, cumpliendo con todos los protocolos de la puerta que se estrechaba primero para dejarle el paso franco después, para intentarle cerrar el paso una vez en su interior. Pamela descubrió todo el poder de aquel su dedo en el cuerpo de su amiga.
El dedo de Pamela se combinaba con la boca ávida de leche imaginaria. Eva se sentía penetrada por su amiga y se abandonaba al placer que le producía la sensación maternal de darle su pecho por un lado y la posesión descarada de su sexo por el dedo de una mano femenina, inmensamente femenina y delicada.
Eva no tuvo reparos en soltar sus gemidos y agitarse en la cama mientras Pamela, orgullosa sin saber por qué, observaba y remataba su faena .
Las chicas quedaron así un rato y tras descansar unos segundos hicieron además de irse.-¿Cómo?¿Ya se van? .- El viejo aún quería más. - ¿De verdad crees que la has tomado como un hombre?.- . Se inició una discusión. Que sí, Que no. Que me pagues y me voy , que te pago pero no te vas. Que cuanto te doy , que qué más quieres.
El viejo miró la botella de champagne. Era una botella de 750 ml, de esas que tienen un cuello interminable, que se van ensanchando poco a poco..- ¡Tú estás chalado!- Dijo Pamela al fin. El viejo contraatacó.- ¡El doble de ciento cincuenta dólares!- Ni hablar - ¡Cuatrocientos dólares! ¡Como estos, míralos!-
El viejo se sacó una manojo de billetes y los puso sobre la cama. Sí allí había desde luego cuatrocientos dólares.- Eva llamó a Pamela y le pidió que la penetrara con aquello, mientras le acariciaba la cara. Pamela besó la mano de Eva.
Eva se puso a cuatro patas delante del viejo, puesta de lado pero un poco escorada. Esperaba que Pamela introdujera aquello de un momento a otro. Pamela ya estaba de rodillas con la botella puesta como un gran falo, a la altura de su sexo. Desde un espejo pudieron ver que el viejo se había sacado la verga, de un tamaño bastante apreciable, tersa y empinada, como si fuera un jovencito.
Pamela colocó la punta de la botella entre las piernas y no comenzó a presionar hacia dentro hasta que no vio como desde abajo y entre las piernas aparecía la mano de Eva dirigiendo la operación. Comenzó a presionar y a ver como aquello desaparecía dentro de Eva, mientras ella arqueaba la espalda.
Pamela introdujo bastante la botella, y entonces empezó a meterla y sacarla con lentitud, despacio. Despacito. El viejo las miraba desde el otro lado del espejo y Eva le apartaba la mirada, pero Pamela lo miraba como enojada.
El viejo expresó su último deseo.- Muévete... más deprisa... mueve las caderas.- y el mismo empezó a moverse espasmódicamente y a eyacular como si su pene fuera un volcán en erupción. Y Pamela cumplió con su capricho y comenzó a mover sus caderas ampliamente y a introducir la botella sin control, porque Pamela deseaba ahora causar el máximo placer a Eva, deseaba vaciarse en ella, llevarla a la extenuación.
Eva sentía aquello dentro, penetrarla como si fuera uno de esos chicos de la playa, uno de esos que sólo pensaban en poseerla, uno de esos machos sementales. Le pidió a Eva que se serenase, pero sin tener respuesta. Sentía que le llegaba, sentía que estaba próximo, que si seguía así se correría. Puso su mano sobre sus pezones. Puso su mano sobre su clítoris y al final le llegó.
Pamela sentía a Eva retorcerse de placer. Pensó qué era lo que le estaba haciendo a su amiga. Se arrepintió, se avergonzó. Dejó que se corriera con su miembro improvisado, siguió moviéndose hasta que Eva no dejó de moverse y gritar, hasta que sus codos no dieron en tierra y se volvió hacia Pamela para mirarla, pidiendo una explicación o al menos una caricia.
Pamela le sacó el cuello de la botella con cuidado y miró al viejo. Se había quedado como dormido, como lelo, tal vez muerto, tal vez sólo agilipollado. Se apremiaron en vestirse, Pamela agarró el dinero y salieron de la habitación, del pasillo, del hotel, de la avenida y no miraron atrás hasta que llegaron a un sitio apartado cerca del barrio. Contaron el dinero avergonzadas. Cuatrocientos treinta y dos dólares, doscientos dieciséis para cada una. Adiós. Adiós.
Pamela deseaba hablar con Eva, pero no se atrevía. Habían pasado varios días. Cómo iba a mirar a la cara a la chica en la que se había corrido en la cara, a la que le había masturbado y a la que se había follado salvajemente. Pues no tenia más remedio que verla.
Se acercó a la casa. Ahora estaría sola. Se la encontró llorando y se secó las lágrimas al verla. No quería que la viera así. Eva creía que se había enfadado con ella. Pamela pensó lo mismo. Nada de nada. Se abrazaron. Pamela sintió en su cuello el pelo rizado de Eva y el perfume de su cuello, y calor de su sangre. Le excitó
Luego siguieron hablando. Eva se desenvolvía por la cocina con un pantaloncito de deporte que mostraba sus muslos. Debajo de la camiseta blanca no llevaba nada, sus senos se movían libremente. Se dio la vuelta para agarrar un plato que había sobre la mesa y se encontró con la boca de Pamela, que la esperaba ansiosa de fundirse de nuevo con ella.
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