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Comieron delicias, manjares deliciosos, frutas que no conocían, mariscos de los que no habían oído hablar, manjares que hacía lustros que habían desaparecido de los mercados de abastos. Tomaron un cóctel en el mejor café de la ciudad, ante la mirada ávida del resto de los hombres, de los que pasaban a pie, de los que paraban sus coches, de los que miraban desde el otro lado de la calle. Al primer cóctel siguió otro, y luego otro.
Pamela era la más indiscreta y le preguntó al anciano que para cuándo pensaba dejarlo, pues ellas eran dos niñitas, le dijo en plan sarcástico y no podían llegar a la casa más tarde de las ocho. -Bueno, yo creo que de aquí a las ocho habré acabado con las dos-¿Con las dos? - Pamela y Eva se echaron a reír- Sí, con las dos,.- Bueno, entonces tendrás que darnos el doble...- Introdujo Pamela esta coletilla para sacar un tema tan escabroso.
-El doble--¿De cuanto?.- De veinte dólares.- ¡Carajo! ¡Sí que os cotizáis caro! Os daré el doble... de cuarenta dólares.- ¡Hecho!.- Las chicas siguieron riendo sorprendidas por la generosidad del viejo y por su ambición.
-¡Vaya!, parece que al señor las fuerzas no le van con la edad.- El viejo sonrió maliciosamente.
Se dirigieron hacia el hotel de los sueños, el hotel donde se hospedaban las personas con las que ellas soñaban con emparentar, de la mano de un viejo, que dijo ser su tío, tras dejar diez dólares en la mano del recepcionista que extrañado preguntaba quiénes eran las guapas señoritas
Subieron a la habitación por unas escaleras alfombradas, como las de aquella película, Lo que el viento se llevó, pasaron por un pasillo inmenso e interminable y llegaron a la habitación. Una habitación palaciega, de cama más ancha que larga de lámparas de araña, de armarios tallados, de suelos de mármol, de cuarto de baño de sueño, con grifería dorada, con cortinas en las ventanas, transparentes, como el velo de una novia.
- Duchaos mientras pido unas botellas de champagne muy frío, mientras me acicalo. Duchaos las dos a la vez , que si no vamos a perder mucho tiempo.- Las chicas obedecieron sonrientes. Se desnudaron en el baño pero no se atrevían a quitarse los bikinis hasta que no se lo pidió el viejo. Allí estaban Eva y Pamela, las dos, desnudas y las dos mirándose por primera vez, sorprendidas la una de la otra. Las dos se metieron en la ducha y las dos recibieron el agua templada, y utilizaron aquel jabón oloroso, delicioso, que hacía espuma,
-Dale en la espalda Eva, que ahí no llega ella sola... Dále tú ahora, Pamela. - El viejo ordenaba con voz alegre. Se ducharon rápido. Se aclararon el jabón del cuerpo, de la cabeza , y las dos desprendían un olor que las hacía sentirse más hermosas.
El viejo se sentó en un sillón comodísimo, y dijo -¡Hale, ahora a joderos la una a la otra! Las chicas no esperaban aquello. Cómo se iban a joder la una a la otra. Qué era aquello. Se negaron en rotundo. Fue Pamela la primera que habló para llamarle al viejo pendejo y otras maravillas que en nada se correspondían con las maneras con que el viejo las había tratado.
El viejo sonrió y ni se inmutó. Sólo dijo. El doble de sesenta dólares... Carajo, había que pensárselo. Era el sueldo de varias semanas. Dudaron. El doble de ochenta dólares.-
Bueno, aceptaron. No podían rechazar esa oferta. El viejo las dirigió al principio. -venga, bésense...con más ganas.- Ninguna de las dos había probado nunca los labios dulces de una mujer. Sus labios se sellaron. Se besaron como si ambas estuvieran besando a un chico. Se miraron tras el primer beso para descubrir confusas la cara de su amiga de siempre. Sus cuerpos se arrimaron y se abrazaron y las toallas cayeron al suelo por la fuerza de la gravedad y unos estironcillos que pegaba el viejo con la fuerza de la edad.
Sus senos se fundieron y ambas sintieron la suavidad de la piel de la otra, el calor de sus senos, la dulzura de la carne tierna, los pezones erizados que sobresalían como un grano de café en un baso de cacao. Unos pezones negros.
El viejo les pedía acción y Eva decidió coger el pecho de Pamela tiernamente. -¡Más ganas!...¡Carajo!...¡Más ganas!. Eva bajó su boca de labios rosas hasta los senos de Pamela, que se los ofrecía sin moverse, sin inmutarse aparentemente, pero sin oponer resistencia. A Pamela le excitaba la suavidad con que Eva le lamía los pezones, como si fuera un gatito que lamía leche. Le excitaba el áspero contacto de su lengua, le excitaba la visión de aquella mano, de piel más negra que la suya. Eva, por su parte lo hacía sólo por el dinero, pues ella se consideraba pasiva y lo era.
En efecto, Eva dejaba que los chicos fueran los que llevaran la voz cantante, los que la ordenaban que les hiciera una felación, los que le bajaban las bragas y los que se ponían encima para descargar sobre ella todo su semen.
El champagne llegó de la mano de un mozo que no pudo pasar del pasillo. El viejo cogió la botella, el depósito de hielo y las tres copas y las llenó, interrumpiendo a las chicas, para las que aquello fue un respiro. Bebieron desnudas, dos copas de champán. Fumaron un cigarrillo que el viejo les ofreció, aunque él no fumaba, por el pecho, toc toc... y se tocaba el lado del corazón.
Cogieron las dos chicas un puntillo y volvieron a lo que habían dejado. Las manos de Eva acariciaron de nuevo los pecho de Pamela y sus bocas se fundieron. La lengua de Eva penetró la boca de la mulata.
El viejo no estaba satisfecho. -No, no, no...aquí hay que organizarse... os voy a explicar...Tú Eva serás la mujer hembra... ya sabes, bueno. Y tú, Pamela serás la mujer macho. Sí... Tú, Eva, la tienes que calentar y seducir...Y tú, Eva... cuando estés caliente...vas y te la follas...-
Ahora Eva tenía más claro lo que el viejo quería, pero comprendía que le tocaría la parte más de aguantar, la más pasiva. Pamela no estaba dispuesta a aguantar aquello, pero Eva le dijo que pensara en el dinero.- El viejo intervino: -El doble de cien dólares.-
Eva volvió a lamer los pezones de color cacao de Pamela y pasó su mano inexperta por el sexo cubierto de vello negro, de vello fuerte pero suave, más suave que el de los hombres, más suave que los suyos. Y tocó el sexo de su amiga, más suave que todo lo que nunca había tocado.
Llevó a la impasible Pamela hasta el borde de la cama, en la que la sentó y se inclinó de rodillas hacia ella, recorriendo con su lengua una distancia que le pareció inexistente, hasta las ingles de la mulata, que se abrió de piernas al ver la trayectoria de la cabeza de Eva.
Pamela no podía pensar que su amiga se atreviera a hacer aquello por el dinero. Ella que siempre había sido mucho más escrupulosa. Sentía sus labios sobre la cara interior de los muslos y los dientes clavarse ligeramente y la lengua, cálida, lamerle.
Y sentía la mano de la melana Eva, posarse sobre su sexo, tímidamente, pero cada vez más convencida, hurgando entre los entresijos de la cabellera rizada que cubría su sexo, buscando un resquicio por donde romper su tirantez, hasta encontrar el clítoris, orgulloso y desafiante como la propia Pamela.
Eva tomó el clítoris entre sus dedos y puso la palma de su mano sobre el sexo de Eva. El botón del sexo aparecía entre sus dedos, rosa, brillante. Lo lamió como si fuera un pirulí. Sintió a Pamela tensarse y notó que colocaba su mano sobre su cabeza. Pensó que Pamela empezaba a dejarla de tratar como una traidora.
Pamela comenzó a sentir la excitación de la situación y obsequiaba con su miel a Eva, que se embadurnaba la palma de la mano con su flujo. Eva agarró ambos muslos de Pamela y la tiró hacia detrás, abriéndole las piernas todo lo que podía y lamiendo el sexo de la mulata en toda su longitud, con su lengua extendida totalmente, lamiendo su miel, que se mezclaba con la sensación algo electrizante de los rizos del vello de Pamela.
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