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-¿Qué te pasa, Cariño?- Le dije.

Fue todo lo que pude decir antes de que me atacara. Se tiró sobre mí y de un tirón en el escote me desgarró el camisón. Mis pechos aparecieron libres y desnudos. Intenté taparme, pero me agarró de las muñecas. Tenía una fuerza de loca. Yo sólo decía -¡No! ¡No!- Era inútil. Puso sus labios en uno de mis pezones y comenzó a chupeteármelos. Yo me revolvía, pero ella, me dominaba con su fuerza.

Apartó su boca de mi pezón, pero sólo para coger entre sus labios una parte sustancial de mi pecho y apretarlo. Gemí de dolor y placer, mientras ella descendía por mi vientre, buscando mi sexo. Me soltó para terminar de rajar mi camisón y luego desgarrar mis bragas de un fuerte tirón. Sentía su cuerpo sobre mis muslos y yo intentaba golpearla con las rodillas, pero era en vano.

Abrió mis piernas de un tirón, y rápidamente puso su boca sobre mi clítoris. Empujé con mis manos sobre su cabeza para alejarla, pero sólo sirvió para que me las agarrara, pasando las suyas por debajo de mis muslos y tomándomelas por las muñecas. Me hincó las uñas y yo bajé, asustada y dolorida, mi oposición. Sentía su boca en mi sexo. Me hacía maravillas. Era brusca, ciertamente, pero esa falta de respeto me excitaba. En un momento consiguió obtener de mí lo que yo había estado procurando y soñando toda la jornada.

No podía dejar de pensar que Ursula era mi sobrina y que era mi primera experiencia lésbica. Aquello me hacía disimular, no ser libre en principio. Intenté disimular mi orgasmo, pero ahora me doy cuenta que si ella no era consciente, sólo me lo disimulaba a mí misma. Me intentaba engañar.

Pensé que quizás había acabado la noche, pero Ursula se incorporó, me miró aún con esa cara de loca y vino de rodillas hasta mí. Dejó mi cuerpo entre sus piernas mientras avanzaba, mientras llevaba su sexo a mi boca. Me intenté revelar, pero volvió a demostrar su fuerza. Se sentó sobre mis clavículas y tomó mi cara con sus dos manos, y luego, se colocó encima de mi cara.

Su sexo me olía a picante, a almizcle. Su raja me resultaba deliciosamente suave. Lamí su clítoris mientras ella presionaba su sexo contra mi cara. Yo sólo podía cooperar, y puse mis manos sobre sus muslos, mientras ella metía sus dedos por mi cabellera y tiraba de mi cabeza hacia ella.

Sus movimientos se hicieron rítmicos, rociando mis labios con los flujos de su sexo. Sentía mi barbilla clavarse entre sus nalgas y de vez en cuando, sus dedos electrizaban con el roce de sus uñas, mis pezones.

De repente se dio la vuelta. Quedamos haciendo un sesenta y nueve. Ahora era mi nariz la que, si no tenía cuidado, se incrustaba en su coñito. Yo lamía, mientras que empecé a notar que agarraba mis nalgas con sus manos, y en lugar de comerme de nuevo la raja, se dedicaba a darme bocados en la parte baja de mis nalgas. Me hacía daño, pero me gustaba. Cada vez los bocados eran peores y yo me afanaba en hacer que se corriera.

De repente, las convulsiones la superaron y comenzó a estirarse, como si el contacto de mi lengua le diera calambre. Yo me vengaba con mi lengua de la dolorosa sensación que me producían sus bocados. El último bocado me hizo gemir y gritar. -¡AAAAyyyyy!- Un grito que se mezcló con sus gemidos de gata en celo.

Pensé de nuevo que todo había acabado, pero me volví a equivocar. Ursula, casi sin descansar, fue a gatas a la parte baja de la cama, y allí, se tumbó y metió su pierna entre las mías. Me sentía incrédula e impotente. Vino hacia mí y me hizo sentir su sexo húmedo en el mío. Me agarró de los tobillos y me obligó a permanecer así, coño contra coño.

Volvió a moverse buscando un nuevo orgasmo. Jadeaba y se movía, mientras empezó a jugar con su pié, que acariciaba mis pechos bruscamente. Era un pié chiquitito de dedos muy graciosos. Ella misma comenzó a lamer los dedos de mi pié, así que cuando lo puso en mi cara, yo se lo chupeteé también. Lo hacía no por que quisiera participar en su juego, sino por que participando acabaría lo antes posible.

Pero su intención no era esa. Sacó su pie de mi boca y presionó contra mi cara de forma que caí sobre la cama. Entonces puso su pié sobre mis clavículas y me obligó a quedarme así, mirando al techo mientras ella me follaba, coño contra coño.

Sus gemidos me asustaban y me excitaban, Su movimiento contra mí, me provocaban de nuevo el deseo, mientras su pié ahora me magreaba los pechos. Una respiración más fuerte que las demás, un movimiento más lento que los otros, y después un maremoto. Mi sobrina me llenaba el sexo de sus flujos, mientras disfrutaba de su orgasmo, mientras yo me quedaba a dos velas, de nuevo más caliente

Esta vez, incluso agradecí a Ursula que no dejara acabar la noche. Después de un momento moviéndose en la cama, y regalarme un fuerte bocado en la pantorrilla, se puso a cuatro patas. No me miró. Simplemente movió mis piernas y consiguió que yo me diera la vuelta.

La miré de medio lado. Tiró de mi pelo y me obligó a ponerme a cuatro patas. Sentí su vientre en mis nalgas unos instantes y de nuevo, el inagotable movimiento. No duró mucho, pues entonces, metió mi mano por mi vientre hasta mi sexo y se tiró sobre mí.

Ella cayó encima mía. Seguí sintiendo su vientre en mis nalgas, más aún, su humedad. Su mano me estimulaba el clítoris y se escurría dentro de mí. Un dedos, dos dedos se hundían y provocaban que me moviera. Su otra mano agarraba mi cabellera y controlaba mi nuca. Sentía una furia nueva en ella, una respiración sobreexcitada mientras yo misma me movía, buscando el calor de su vientre. Sus dedos se movían dentro de mí y hacían que hincara las rodillas y que le clavara las nalgas en su vientre, mientras ella misma se rozaba conmigo al mismo ritmo. Sentía su boca lamer mi nuca y mi espalda y clavar sus dientes entre el cuello y la clavícula. Pensaba que seguro que me dejaba más de una marca.

Me corrí como una loca, reprimiendo mis chillidos, que aún así llenaban el ambiente. Busqué con más tesón el calor de su vientre, pero no obtuve la respuesta que deseaba, aunque ella seguía moviéndose contra mi cuerpo extenuado y pegado al colchón, agarrando mis pechos con determinación.

Al cabo de un rato, se tumbó a mi lado. Incrédula la miré al ver que buscaba de nuevo mi sexo con su mano. Puso su pierna entre las mías y empezó a masturbarme con sus dedos mientras ella hacía lo mismo con su otra mano. Su boca buscaba mi cuello y lo mordisqueaba con insistencia. Sus dedos se introducían dentro de mí con osadía, profundamente y en masa. Al menos tres dedos se llenaban de mi flujo. Sus movimientos volvieron junto a los míos. Su cara bajó hasta mis pechos para obsequiarme con numerosos bocados que me hacían mucho daño, pero que no eclipsaban el placer de sus dedos en mi sexo, e incluso sentí como se apoderaba de mis labios con los suyos.

Me corrí al notar que ella misma lo hacía. Me corrí ya sin remilgos. Gemí de placer mientras ella, ahora, sustituía la furia anterior por un sin fin de caricias, de roces armónicos, de gemidos melodiosos.

Era muy tarde. Estaba en mi cama y se había quedado definitivamente dormida. Yo no se lo que debía hacer. No pensaba tampoco en echarla de la cama. Me puse unas bragas, nos tapé a las dos y la abracé, y pasé el resto de la noche pegado a ella, sintiendo su respiración sosegada.

A la mañana siguiente, me levanté antes que ella. Cuando se levantó, y apareció, solamente atinó a decir -¿Otra vez me he pasado de cama?.-

-¡Si! ¡Pero no te preocupes!...¿Es que te ocurre muchas veces esto?-

-No, muchas veces no...Me pasó hace un mes, que me pasé a la cama de mi Juan...Se asustó mucho...Creo... Yo no me acuerdo de nada de lo que me sucedió.-

Me imagine al pobre de Juan, su hermano, de trece años, quitándosela de encima a duras penas a esa gata enfurecida. Comprendí la angustia de mi hermana y sus deseos de apartarla, de que buscara nuevos aires.

Vi en el espejo, mientras me arreglaba, la marca de sus dientes en mi cuello, y con ella, el recuerdo de la noche, con una sensación placentera y de protección hacia mi sobrina. Estuve contando las marcas de sus bocados, en las clavículas, en los pechos. A través de dos espejos, miré la marca en mi nuca y luego, en la parte baja de mis nalgas. Algunas, aún me dolían levemente. Mi preocupación fue como disimular estas marcas para que no murmuraran en la oficina. Por mi parte, me sentía como nueva.

Empecé a comprender que era mejor tener a Ursula a mi lado que en casa de su familia. No le conté nada de esto a mi hermana. Le dije que respondió muy bien al tratamiento de dos calmantes. EL caso es que desde que mi sobrina lo hizo conmigo, la noto más feliz. Yo creo que es mejor no reprimir su etapa de luna llena. No sé... A mí la verdad no me disgustó nada de nada en el fondo.